Volvía de hacer sus prácticas cuando lo vio tirado en el piso, acurrucado por el frío frente a Ciudad Judicial. Pensó que era un hombre de 40 años, pero algo la impulsó a regresar. En su casa preparó una vianda, una manta y abrigo. Volvió al lugar con la esperanza de encontrarlo, y ahí seguía, temblando y en silencio. Se acercó a despertarlo, le ofreció comida, y entonces comenzó a desvelarse una historia increíble.
Tenía solo 23 años, pero el abandono y el frío lo habían transformado. Sus pies estaban lastimados, sus manos heridas, su voz casi no salía. En medio del desconcierto, ella le preguntó su nombre y su apellido. Fue un impulso, tal vez guiado por la intuición. Ya en casa, lo buscó en Facebook. Y ahí lo encontró: Mario, entre los contactos y fotos de una familia que lo lloraba en silencio.
Le escribió a una mujer que llevaba su mismo apellido. “¿Lo conocés?”, le preguntó con una mezcla de esperanza y miedo. La respuesta llegó una semana después: “Es mi hermano. Hace dos años está desaparecido”. La emoción fue inmediata. La familia, oriunda de Entre Ríos, viajó sin dudarlo. Hoy Mario está nuevamente con los suyos, internado, en proceso de recuperación. Pero sobre todo, vivo.
*“Estas son las historias que valen la pena contar”, dice ella. Y tiene razón. Porque entre el apuro diario, los ojos muchas veces no ven lo esencial. Porque un plato de comida, una manta y una pregunta pueden ser el primer paso para cambiarle la vida a alguien.*
Si te cruzás con una situación similar, no lo dudes: comunicate con el 911. No mires para otro lado. La empatía puede ser la clave para cerrar heridas que llevan años abiertas.