En Salta, una historia sencilla y poderosa volvió a encender la esperanza. Agustín tiene apenas 14 años, pero una madurez que conmueve. Mientras muchos chicos de su edad transitan la adolescencia sin rumbo claro, él sale todos los días con sus tijeras y su máquina a cortar el pelo en plazas, ciclovías y casas particulares, con un objetivo que emociona: ayudar a su mamá, “la que me crió”.
Desde hace un año y medio decidió tomarse en serio el oficio de barbero. Se capacitó con cursos, practicó sin descanso y hoy recorre la ciudad ofreciendo su trabajo de manera itinerante. “Todo con respeto y humildad, así se llega a todos lados”, dice mientras carga sus herramientas y se acomoda donde lo llamen.
Cada corte tiene un valor de entre $8.000 y $10.000, pero para Agustín el dinero no es para él. Cada peso ganado tiene un destino claro. “Esa es mi viejita, la que me crio”, cuenta con los ojos brillosos al explicar por qué le entrega todo a su mamá, su motor y su orgullo.
El esfuerzo empieza a dar frutos. Con sacrificio y constancia, Agustín está a punto de cumplir un sueño enorme: abrir su propio local en el barrio San José. Lo que para muchos adolescentes parece imposible, para él se volvió una meta cercana gracias a su voluntad inquebrantable.
Sin soberbia y con un corazón gigante, su mensaje es simple, pero profundo: “Los sueños se cumplen si uno es perseverante, siempre con respeto y humildad”. Una historia que abraza a toda Salta y recuerda que todavía hay futuros que se construyen con amor.