En 1590, cuando Salta era apenas una ciudad joven, fundada en 1582 y todavía rodeada de tierra indómita, un barco cruzaba el océano con un regalo destinado a nuestra Iglesia Matriz: un Cristo Crucificado enviado por el obispo Fray Francisco de Victoria. Pero el mar no tuvo piedad. La embarcación naufragó en aguas del Pacífico y todo parecía perdido. En medio del desastre, entre maderas rotas y sueños hundidos, nadie imaginaba que ese hecho trágico sería el inicio de la historia de fe más profunda de nuestro pueblo.
Días después, en el puerto del Callao, en Perú, apareció flotando un cajón. Estaba intacto. En su madera mojada podía leerse claramente: “Un Cristo Crucificado para la Iglesia Matriz de Salta”. Mientras el barco había desaparecido bajo el agua, la imagen sobrevivía. Como si el mar la hubiera cuidado. Como si su destino fuera llegar sí o sí a esta tierra que recién comenzaba a escribirse.
Desde el Callao hasta Salta hubo más de 2.800 kilómetros de travesía a lomo de mula por el Camino del Inca. Fueron meses de viaje, polvo, frío y altura. Y en 1592, finalmente, ese Cristo llegó a nuestra ciudad. Nadie sabía entonces que aquel sobreviviente del océano sería, años más tarde, el refugio espiritual de generaciones enteras.
Cuando en 1692 la tierra tembló y el miedo paralizó a los salteños, fue esa misma imagen —la que había vencido al mar— la que salió en procesión. El pueblo recordó su historia y creyó. Si había sobrevivido a un naufragio, también podía protegerlos del terremoto. Y la tierra se calmó. Desde entonces, cada septiembre no recordamos solo una tradición: recordamos que nuestra fe nació en medio de una tragedia y que, como aquel cajón flotando entre las olas, Salta siempre encuentra la manera de salir a flote.